05 La danza del futuro también está en el pasado

La historia oficial de la danza ha establecido un relato en forma de evolución lineal, positiva y, supuestamente, infinita. Esta narración nos ha hecho pensar que los fenómenos que han sucedido en la danza a lo largo del tiempo están unidos por relaciones sucesivas de causa y efecto: después de  un movimiento/estilo/escuela viene otro que lo supera, y luego otro y luego otro…de tal manera que el último movimiento/estilo/escuela es siempre más perfecto que el anterior. Así, en el relato oficial los movimientos/estilos/escuelas disponen como acciones y reacciones a lo largo del tiempo: frente al ballet, la modern dance; frente a la modern dance la postmodern dance; frente a la postmodern dance, la danza contemporánea; frente a la danza contemporánea, la nueva danza; etc. Está claro que esta estructura tiene muy poco que ver con la realidad. Nada se agota porque aparezca otra aproximación distinta al hecho de bailar o a la danza. En todo caso, suceden de manera simultánea y en el caso de la danza más, porque las obras sólo existen cuando se hacen y “hacer” es algo que solo tiene lugar en el presente.  Pensemos, por ejemplo , en el año 1990. En aquel momento  Martha Graham, Merce Cunningham e Yvonne Rainer estaban vivas y creando. Por mucho que la historia oficial las tuviera aisladas en su movimiento/estilo/escuela todas estaban creando a la vez y sería absurdo pensar que, por haberles sido asignadas distintas “celdas” cronológicas, no forman parte del mismo tiempo, de la misma realidad.

A pesar de esta evidencia, el Régimen y sus instituciones y disciplinas, viven aferrados al relato de la historia de la danza oficial. Por eso su apetito de carne fresca es voraz e insaciable: todas hemos sido testigos de la ansiedad ridícula que agita  a festivales, teatros y demás , y que les impulsa a perseguir incansablemente lo último, a pelearse por el estreno absoluto, a descubrir al artista revelación, a inventarse nuevos movimientos y nombres…  Pero ya sabemos que  lo nuevo, la posibilidad de que aparezca algo que nunca nadie ha imaginado antes, no es otra cosa que una estrategia narrativa que el relato oficial utiliza para autolegitimarse.

La danza del futuro no participa de esta estructura narrativa lineal, positiva e insaciable. La danza del futuro no viene después de nada, no viene a mejorar nada, ni a dar de comer a ninguna bestia moderna adicta al consumo de novedad. Porque hace mucho que sabemos que todo está todo el tiempo.

La danza y el archivo nunca se han llevado bien. Recientemente, con el acelerón de los medios audiovisuales, han aparecido intentos de crear archivos de artes escénicas  en los que se acumulan y ordenan grabaciones de obras.  Todas sabemos que esos registros que se reproducen en pantallas pueden ser útiles para ciertas labores de estudio, pero que de ninguna manera equivalen a la obra que reproducen. La danza sólo se puede transmitir de cuerpo a cuerpo por eso en vez de archivo, se habla de repertorio; en vez de clasificar obras encajándolas en una estructura estática creada a priori, las obras se encarnan y rehacen.

La danza del futuro existe en muchos tiempos distintos. No es una cosa reciente, ni siquiera novedosa. Lleva pasando desde hace mucho. La danza del futuro sabe que las obras no se limitan al momento de su presentación sino que se dispersan y extienden transformándose hasta límites de los que no siempre podemos ser conscientes.  La danza, al igual que cualquier acción viva, desaparece y al desaparecer se convierte en memoria y, como sugirió Peggy Phelan, la memoria es una parte del inconsciente que “elude cualquier tipo de control” (Unmarked, 1996:146). Una vez bailada, la danza se queda pegada a las carnes, es decir, a las consciencias de quienes participaron en el suceso. Esto significa por un lado que la danza cambia de estado al tiempo que sucede; y por otro, que se multiplica, se transforma, invade otros medios (foto, escritura, video) y  cuerpos, diseminándose sin control. La danza no se agota en su propia ejecución: su desaparición lejos de ser una condena, es lo que le permite permanecer pegada al cuerpo, es decir, no dejar nunca de estar viva.

Por eso, la danza del futuro no deja nunca de observar, buscar, investigar y preguntarse por los hechos y obras que han sucedido a lo largo del tiempo, sin prestar demasiados oídos a los argumentos y estrategias narrativas de la historia oficial. La danza del futuro sabe que las obras necesitan tiempo para desplegarse y adquirir significados y dimensiones que quizás no eran evidentes al principio. Por esta razón, la danza del futuro, agitada por la admiración,  imagina sin parar relaciones familiares posibles (y a veces caprichosas) y establece vínculos que serían “incorrectos” dentro de la narración de la historia oficial de la danza. Así, aunque ya hayan muerto y sus obras solo existan en la memoria,  las compañeras de viaje de la danza del futuro siguen siendo (entre muchísimas otras que aquí no caben o que ni siquiera recordamos su nombre) Marie Taglioni, Fanny Cerrito, Michel Fokine, Marius Petipa, Josephine Baker, Vaslav Nizhinski, Martha Graham, Valeska Gert, Katherine Dunham, Merce Cunninham, Pina Bausch, etc. Nos queda tanto que aprender  de la danza del futuro con ellas…

Jaime Conde-Salazar

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